Fui a la enfermería de St. James a ver a mi nena:
estaba tendida sobre una larga mesa blanca,
tan tierna, tan fría y tan justa.
¡Déjala ir, déjala ir!, que Dios la bendiga
adonde quiera que vaya.
Ella puede buscar por el mundo entero,
pero nunca encontrará un hombre dulce como yo.
Cuando me muera,
entiérrenme con mis zapatos de agujetas rectas.
Quiero un abrigo chulo y un sombrero Stetson.
Pongan una pieza de oro de veinte dólares
en la cadena de mi reloj, para que los chicos
sepan que morí bien plantado.
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sábado, 28 de marzo de 2015
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